El Incidente

Por: Luisa Lotero Pérez (11ºC) 

1:30am 

“Abrí los ojos. Negro. Todo estaba en negro. Solo para comprobar, cerré los ojos y los volví a abrir, pero todo seguía oscuro; al parecer, no era mi imaginación. No sentía mis piernas, pero es normal porque duermo en una forma bastante particular. Lo inusual es que mi migraña (la que creía curada), aumentó y sentía como si mi cabeza se fuera a explotar. Así que me levanté para prender la luz y buscar las capsulas de ibuprofeno que guardaba para emergencias. Pero cuando lo intenté, no me podía parar; algo o alguien me estaba conteniendo.  

Mis ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad, y yo me iba dando cuenta de que esta no era mi cama, no era mi cuarto, no era mi casa. Estaba en otro lugar, un lugar desconocido. Pude levantar la cabeza solo un poco, y empecé a distinguir las sombras que estaban tomando forma, convirtiéndose en objetos. Solo parecía haber una silla, además de las cuatro paredes sin ventanas, y sobre mi, un barato bombillo que probablemente ni funcionaba. Empecé a sentirme desesperada, tenía los brazos y las piernas amarradas a cadenas que sonaban cada que intentaba moverme. En esa forma de estrella y, en mitad de la exacerbación, levanté y giré la cabeza para conseguir ver algo más a mi alrededor, tal vez lo que había detrás de mí que no había llegado a ver, pero no lo logré. Me dije a mi misma que tenía que mantener la calma y la cabeza fría, pensar con claridad, pero se estaba convirtiendo en un reto para mi”.  

2:00am  

“Intenté recordar cómo había terminado en ese lugar. Estaba en el bus, de camino a mi casa desde el edificio donde trabajo en el centro de la ciudad. Era hora pico y el bus iba lleno; un señor de más o menos 40 años se sentó a mi lado, era natural porque la silla la habían desocupado recién en la parada pasada. Aquel señor estaba comiendo algo, galletas azucaradas o algo así, y en un momento dado el bus brincó bruscamente por un policía acostado, aunque no tan fuerte para hacer que las galletas se le regaran al señor como lo hicieron. Cayeron sobre mí, el señor me pidió disculpas y me ayudó a sacudir la chaqueta que llevaba. Recién ahora me doy cuenta de que probablemente inhale todo el “azúcar” que llevaban las galletas. Pero eso no fue nada, no pudo haber sido. Cuando bajé en mi parada el hombre de mi lado también bajo, y ya en la calle me alcanzó y se volvió a disculpar conmigo por el incidente. Estaba todo muy solo porque en la calle en donde vivo solo viven ancianos que no trabajan y no toman el bus en la hora pico. Entonces recordé a una mujer. ¡Eso era! Después de despedirme del señor, casi llegando a mi casa, una mujer de mal aspecto se me acercó a venderme agua. Me compadecí de ella, pues pensé que era indigente, y le compré una botella de agua. Me la bebí antes de llegar a casa y no recuerdo más. Analizando todo esto llego a pensar que alguien orquestó todo esto. Alguien me secuestró.  

Recuerdo despertarme en este lugar y todo lo que me hicieron, por eso me duele la cabeza y tengo encalambradas las piernas. Están buscando información sobre el caso en el que estoy trabajando, sobre el asesinato de aquel político. O tal vez sé demasiado. En realidad, podrían querer cualquier cosa, tengo varios esqueletos en mi clóset. Bueno, no literalmente, pero de cierta forma me la estaba buscando. Tal vez me merezca todo esto. Joder, tal vez ni siquiera me han castigado lo suficiente. No, esto está bien, me gusta. Me están castigando por lo que he hecho en el pasado y eso está bien, no le hace daño a nadie que no lo viera venir. En serio, no es por nada, disfruto estar aquí encerrada, así no puedo hacer más mal del que ya he hecho. Puede parecer un poco loco que diga que me gusta la flagelación que recibo, mi psicólogo solía decirme que no me debo castigar a mi misma de la manera en la cual lo hacía, que ahora que lo pienso se parece mucho a la de este momento. Pero no estoy loca, no puedo estarlo”.  

3:16am 

“Saben qué, tampoco tengo trastorno bipolar ni nada por el estilo, pero después de meditarlo unos minutos he cambiado rotundamente de opinión. No me merezco esto en lo más mínimo. Reconsideré que todo esto ha sido producto del odio de los demás, eso es, nada más y nada menos, que su culpa. Tengo una rabia incalculable por todo lo que me han hecho, podría estar en mi vida normal, cotidiana, ocupándome de mis asuntos como una persona normal, pero no, han decidido por mí que no puedo hacerlo. Juro que cuando los vea los voy a matar. Eso es lo que quiero, realmente, pero no sé como. Me entran ganas de hacerles tantas cosas, paso el tiempo pensando en todas las cosas que podría hacerles para vengarme por lo que me han hecho. He comenzado a gritar, pero he parado de golpe, solo quería llamar su atención”. 

3:30am 

“He logrado desatarme una mano y he reventado una de las patas de la silla de madera formando una estaca puntiaguda. Pero he vuelto a mi posición de antes, para poder hacer como sí no hubiese sucedido nada y atacarlos por sorpresa. Cuando la puerta se abre me quedo inmóvil, aunque me llamen hasta que el señor que entra se acerca a mí para revisar mi pulso. Entonces tomé la (media) pata de madera y lo intenté atacar, pero me esquivó rápidamente y llamó a sus sucios secuaces. Me volvieron a atar la mano que había logrado soltar, esta vez más fuerte y después de inyectarme para drogarme otra vez, dejaron la sala”. 

5 de abril: a la 1:30 de la mañana, después de un episodio psicótico, se le llevó a la cama de un cuarto cerrado en el ala oeste y se le amarraron las piernas y las manos, se le dio un analgésico fuerte para que no despierte en toda la noche. En la ronda de las 2:00am no sucedió nada fuera de lo común, pero a las 3:17 se empezaron a oír gritos viniendo desde el sector de confinamiento de alta seguridad. Se localizó el origen de los gritos en la celda 538, cuarto de la paciente, por lo que se decidió ir a revisarle. Los analgésicos no hicieron el efecto que esperamos, pero el médico está por fuera, entonces llevamos jeringas de calmantes de emergencia. Llegamos a la celda de la paciente a las 3:34am, cuando intentó atacar a un miembro del personal. Se había desatado una mano, que le volvimos a atar en breve, pero como seguía atacando agresivamente se le aplicó un calmante de emergencia. La paciente, que sufría de varios trastornos psicológicos entre ellos trastorno de personalidad masoquista, y de múltiple personalidad, falleció a las 3:43 de la mañana, por un imprevisto en el que su corazón no resistió los calmantes.  

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